Tenemos las horas contadas, amor.
Por eso yo soy de letras.
El mago siempre guarda una carta bajo la manga.
Yo, que la única magia que conozco es la que me cosquillea en las yemas de los dedos cuando te toco, no tengo ropa entre la que esconder mi baraja. No me malinterpretes, no hablo de las veces que me la has quitado. Lo que digo es que me parece que tus ojos ven a través de ella. De la ropa no, idiota. De la piel.
No sé. Tengo la sensación de que adviertes como arde mi corazón y que, consciente y eludiendo el pánico, te decantas por quemarte conmigo en lugar de apagarlo cada vez que me besas.
¿Has tenido alguna vez un reloj durante tantos años que un día se haya acabado parando? Da igual el tiempo que transcurra desde que dejó de funcionar hasta que te percatas de ello, se ha detenido a una hora exacta, el instante preciso en que ocurrió. Ojalá algún engranaje en mi caja torácica pudiera avisarme de en qué momento dejé de follar contigo para empezar a hacerte el amor. Lo que quiero decir es que no me percaté de todo esto hasta que advertí, un día y de casualidad, que el vacío que sentía desde hacía tantísimo tiempo en mi pecho ahora estaba lleno de ilusión, de que se transformó en un corazón que palpita ahora entre tus manos.
Lo que si tengo cada vez más presente es la cruenta batalla que se desata detrás de mi sonrisa cada vez que te miro entre las ganas de deshacer la cama contigo salvajemente y la tristeza de desconocer en qué lado de ella te gusta dormir. No es lo mismo ser feliz contigo y que me hagas serlo, lo primero depende de mí y lo segundo supone depender de ti. ¿Tendría que haberme quitado el corazón junto con las bragas?.
¿Le dará miedo a la lluvia precipitarse contra el suelo? Si yo fuera gota, tendría vértigo. Me lo imagino como la misma sensación de quien sabe que está destinado a enamorarse de alguien y le aterra la certeza de estar haciéndolo. Ambos saben que van a acabar hechos pedazos. O no. No lo sé. En mi defensa diré que toda esta reflexión es porque fuera está lloviendo. Fuera está lloviendo y yo solo quiero que bailemos bajo ella...
Que te voy a decir que no te haya escrito, si sabes que ya ocupas casi tantas hojas en mis libretas como minutos en mi imaginación desatada de toda cordura desde que estoy loca por ti. Que te voy a decir que no te haya gemido. Que no le haya gritado a tus ojos con mis pupilas. Que te voy a decir que mi piel no le haya susurrado a tus dedos al estremecerse de un escalofrío entre ellos. Que no te haya latido entre las taquicardias de tenerte cerca y las bradicardias de sentirte lejos.
Tratando de buscar culpables me he percatado que de inocente sólo tengo la apariencia de frágil al descubrirme sonriendo ante la expectativa de sesgar mi yugular con tus colmillos. Definitivamente no es por ti, es por mí, que no sé poner límite a mis sentimientos... Pero qué esperabas, soy un alma libre; no me tengo ni en pie cuando estás cerca.
Anoche un latido me habló de ti, y me dijo cosas que desconocía de mí misma. Fue breve, apenas perceptible, como el desapercibido movimiento de un grano de arena que, sin embargo, origina la feroz avalancha de una montaña. La verdad se desencadenó así, a traición, como cuando alguien te agarra con furia para ponerte frente a sí, obligándome a mirarla a los ojos mientras me inundaba junto con la certeza de que no dormiría contigo esa noche.
La consciencia de que un arma está cargada es la que provoca el cosquilleo del dedo que se posa sobre el gatillo. Tenerte entre las piernas se asemeja a ponérmela en la sien con el pulso temblando.
Pero ya me conoces, amor.
Me metería en el ojo del huracán
solo para comprobar si es del color de los tuyos.
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