Acostumbrada, calmo mis ataques de histeria diciéndome que él me quiere. Estoy segura de ello. Me aferro a esa certeza como si mi vida dependiera de ello. Esta relación tiene que funcionar.
Dado que la paciencia no figura entre mis virtudes, pasado un tiempo tuvimos una conversación seria sobre los problemas que teníamos, antes que esperar a que se solucionaran solos. Sabía que no debía hacerlo, que si él hubiera tenido algo agradable que decirme, lo habría hecho espontáneamente. También sabía que forzar las cosas sólo haría estallar el conflicto y nos llevaría a una crisis que yo no deseaba. Pero tenía que decírselo, tenía que decirle que no era feliz. Que por mucho que nos quisiéramos, nadie vivía sólo de amor.
Con brusquedad, enfadado conmigo por estropear algo relativamente bueno con exigencias poco razonables según su criterio, él me dijo que no iba a cambiar. Me quería, me quería muchísimo pero a él no le gustaban las cosas así.
"Corta por lo sano, ha sido un error volver", me recomienda todo el mundo mientras voy como alma en pena, llena de incredulidad y dolor. "Déjalo ahora, no estropees los buenos momentos quedándote a esperar los malos". Pero no puedo. No puedo decir adiós a todos esos momentos que junto a él son reales. No puedo imaginar otra vez el futuro sin él.
Sigo esforzándome por salvar la relación, primero fingiendo que nunca hemos mantenido esa fatídica conversación, que todo seguirá igual. Pero finalmente, cuando mantener esa normalidad forzada empieza a convertirse en un suplicio, he tratado de que él cambiara de opinión. Lo he puesto contra las cuerdas y le he amenazado con romper definitivamente. Había oído que en casos como el suyo, cuando el hombre se ve ante la posibilidad de perder a la mujer que ama, súbitamente descubre que hacer todo lo imposible por retenerla a su lado es una idea maravillosa. Pero la táctica no ha funcionado. Él se ha limitado a decir con tono compungido: - Vete si quieres. No voy a cambiar. Si no me quieres como soy... ahí está la puerta.
Mortificada, me he apresurado a abandonar la dramática táctica del ultimátum. Me ha salido el tiro por la culata. He vuelto a dar un giro de ciento ochenta grados y me he esforzado por mantener el status quo, esperando que nadie haya notado nada. Sin embargo, la relación que un año antes había sido maravillosa ya no parece mágica ni entrañable. Es un jodido apaño, una relación a medias. Pero es mejor que nada, ¿no?...
No hay comentarios:
Publicar un comentario