jueves, 7 de noviembre de 2013

Cuéntame tu noche a noche

Una noche no dormí y me di cuenta de que no quería volver a enamorarme, como un niño al que le han convencido de que mancharse de barro no está bien.
Recordé, y toda la vida empezó a carecer de sentimientos. Ya no tenía sentido antes, por eso se usa siempre el pasado para decirlo, aunque lo hagamos en presente.

Cada vez que me despierto, alguien dice: Buenas tardes. Y sé que he vuelto a llegar demasiado impuntual al día a día que nunca tendré. Impuntualidad también es llegar pronto, impuntualidad es no llegar en el momento. La impuntualidad y la soledad son exactamente lo mismo; sitios vacíos en los que esperas que haya alguien esperando.

A veces fantaseo con ciudades de tráfico vacías, que deambulo cuesta abajo, sola. Bajo la atenta mirada de alguien que no está en dicha ciudad. Y descarto llamarte mi vida, porque tú vales mucho más que este desastre. Desciendo la avenida que me invento, desnuda, y suena una canción mientras yo imagino un funeral. 

Es curioso. Elegimos los invitados de nuestras bodas, pero son ellos los que eligen estar o no en tu entierro. A veces me muero de pena o me reviento la mandíbula a base de carcajadas; no necesito más pruebas. Quizás me pase algo o no me pasa nada.

Por mucho que me reitere, la realidad es que a la gente como yo nos hace tanta falta el amor que, cada vez que follamos, lo hacemos. Ya nunca nos despedimos si vemos a la persona querida por la calle, ya nunca pasamos a abandonar. Sentimos que tenemos toda la vida por delante. Y el futuro es un ejército armado mirándonos de frente.

He contado todas mis historias: 17.893

Finales felices: 0
Finales: 0
Felices: 0

Imagínate el número de víctimas por metro cerrado los sábados de invierno...

No tengo heridas abiertas; son puertas mal cerradas, en las paredes de mi cabeza. Cómo no me van a doler los portazos, todo este viento de palabras en una jaula con paredes lisas. Y es que sólo a la gente que tiene un botiquín (dentro de un costurero), le consiento que me hable del dolor. Que nadie vuelva a hablarme de cicatrices si no ha tenido que quitarse un cuchillo de sus propias manos. Si no ha tenido que curarse, un par de veces, de sí mismo.

La verdadera distancia es necesitar volver a casa estando en casa. Una casa con vistas a una casa en ruinas. Una ventana con vistas a mí.

Para mi el romanticismo es una niña de tres años llamando a su madre porque se ha caído. No hay grito más grande, ni activación de la ayuda más rápida. Y así es como siento que me llama cada vez más mi remendado corazón y así es como siento que voy
Piénsalo. En realidad, no somos de mundos tan diferentes. El problema es que somos del mismo, y es un pañuelo lleno de errores, heridas y lágrimas. 

Llevo todo este simulacro de vida pidiendo que me comprendan. Que me comprendan de la cabeza a los pies, como una ciudad comprende sus miles de habitantes muertos. Que me habiten, edificada sobre mi cementerio indio, sin mudarse a otra casa en la que las baldosas no hagan ruido. Pero supongo que es mucho pedir, que me tengo que conformar con tener. Bastante tengo con lo que no tendré nunca.

Los médicos llaman trastorno a cualquier ausencia y yo llamo desesperada a cualquier recuerdo que no contesta. 

Son demasiados años, os habréis dado cuenta de que no he crecido. Sigo siendo una niña interior. Y si me ahogo en una piscina de bolas, sonrío. Sonrío, como aquel que puede prometerte el cielo; pero que no llueva. Porque a falta de tropezar con miles de pedruscos durante toda mi corta vida, me ha pillado una tormenta de piedras, y he vuelto a llegar a casa empapada en sangre; pero sigo contando con que algún día no sea así y te tenga a ti.

O porque sola no sé sumar derrotas
O porque lo único que no sé restar son importancias. 

Una noche no dormí y me di cuenta de que nunca volvería a enamorarme. 
Como una niña a la que le han convencido de que está despierta en mitad de un sueño que puede terminar en pesadilla.

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