Cuando cumplí catorce años hice una lista de las cualidades que tenía que tener mi príncipe azul.
Aquel hombre ideal de mis fantasías adolescentes era de ojos claros, probablemente verdes, de cabello castaño, guapo, buenorro, alto, valiente, enamoradizo, con un puto de locura, quién sabe si hasta virgen.
Obviamente la lista fue cambiando.
Tras los últimos años de instituto, mi hombre ideal tenía que haber leído a Kafka y a Coelho.
Tenía que escuchar a Santana y fantasear con Julia Roberts o Nicole Kidman, además de conmigo, claro. Tenía que saber de cine y de política. Y bailar. Si era guapo o no, ya importaba menos.
Tras salir completamente de la pubertad, ya sólo quería que supiera debatir sobre temas filosóficos al son de un buen chupito de tequila. Y que le gustara hacer escapadas tanto o más como a mí.
Después de haber probado a varios, cambié el modelo.
La que no encajaba era yo.
Anoté también en mi lista "sentido del humor". Y por supuesto, otras como "bueno en la cama" (a poder ser de mi "rollo"), aseado y detalles por el estilo.
Empecé a tachar cosas de la lista...
Ya no me importaba si habían leído. Con que supieran leer me bastaba.
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